Una Bestia Salvaje

La luz anaranjada de la mañana me cegaba. Esa ilimitada playa contrastaba con el hilo delgado que divide la realidad de los sueños. Mi intención era despedirme de la playa, de ese mágico sol de la mañana que quema perfecto y de ese absoluto silencio de una playa desierta. El viento soplaba suavemente cuando pude identificar movimiento en la orilla del mar. Dos cuerpos humanos de aspecto animal estaban arrodillados. Se rechazaban, luego se mezclaban. Dos cuerpos encabalgados que rodaban, se alzaban, caían. Más bien parecían animales de aspecto humano. Dos cuerpos inextricablemente entremezclados que se debatían entre sí. Esa fina línea entre el boxeador y su contrincante en la pelea, no sabes si se abrazan o se golpean. Ambos estaban repletos de minúsculos granos de arena y era imposible saber si se estaban matando o si se estaban amando. El delicado límite del amor y el odio, de la libertad y el apego. Se reían o lloraban?. Mi meditación se convirtió en un espectáculo. Lo he visto todo claramente: el amor es una bestia salvaje.

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