Una montaña impenetrable

Caminamos por el barro en una montaña impenetrable. Era un paraíso perdido donde sólo el silencio nos acompañaba. El lodo a cada paso nos ayudaba a pensar en nuestros obstáculos y esa suciedad nos hacía cómplices de algo que solo nosotros conocíamos. Por varios meses supimos que cualquiera de esos encuentros nuestros a la hora más obscura del día podía ser el último. Recuerdo que en la montaña habían árboles con ramas de una frondosidad impresionante de los cuales siempre brotaba savia, recordandonos que la naturaleza redime. La vegetación era espesa, el deseo intenso y entre más subíamos, más olvidaba la masa nuestra existencia. Los amaneceres eran nuestros eslabones perdidos y la niebla de noche nos hacia guerreros, artistas y poetas. Ese era nuestro destino; el despertar de una poesía interna, tan propia, que una tarde nos vió llegar a la cima de la montaña y fue tan silenciosa que se hizo insoportable. Esa tarde tuviste que escoger y tus palabras salieron al rescate para prometerme una tierna separación y una fidelidad eterna.

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